sábado, 24 de septiembre de 2011

Se necesitaron 34 pastillas para que pudiera dormir. No sólo dormir sino casi matarlo, pero un buen lavado al estómago y todo estaba bien. Eso no era bueno pues sobre todas las cosas él quería morir porque ya había tratado por todos los medios mitigar el dolor que había matado su alma. Eso era lo que había estado gritando desde hace días cuando se enteró que la única mujer a la que había amado muriera.
En sentido figurado por supuesto, esa mujer le confesó que su amor por él era ya inexistente y que se iba de su vida, no sin antes decir que no volvería a verlo pues no quería lastimarlo. ¿cómo alguien, al desaparecer, no quiere causar dolor? Eso era inevitable y estúpido.
Cómo la amaba. En esto pensaba cuando recostado en su cama, llevaba a cabo un reposo de tres días, junto con una dieta blanda y asquerosamente insípida.
Todo lo sabía a ella, respiraba su ausencia y el frío de su recamara le estrujaba el corazón. ¿para qué vivir?
Abre los ojos, el sol le despierta y el dolor comienza puntual su trabajo.
Ojalá pudiera verla, escucharla, ¿qué era lo que había hecho mal?
Esto no podía continuar así pero toda la ausencia es más fuerte que las ganas de olvidarla, su recuerdo es lo único que lo ata a ella y se aferrará a él con todas sus fuerzas. No querrá dejarla ir, éste dolor no puede ser en vano... ella regresará y no puede permitir que lo vea en un estado tan patético como el de ese momento.
Sin embargo, él no quiere morir realmente, sabe que lo único peor que haberla perdido es recuperarla. Es libre. Y está vivo. ¿cómo eso puede ser mayor que un amor dañado, ahora muerto?Tratará de ser feliz. Ya habrá una mujer que sí quiera todo lo que tiene para entregar.

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