sábado, 24 de septiembre de 2011
No siempre quise escribir, aunque no recuerdo un momento decisivo en mi vida en el que no necesitara plasmar por escrito, en una gran libreta azul, todo lo que me pasaba.
Mi padre tenía sus bitácoras llenas de datos curiosos y gastos cotidianos.
Mi hermano Antonio sabe escribir porque sabe desnudarse a través de palabras y cuando alguien deja su alma expuesta no salen sino letras hermosas.
Luis, mi hermano mayor, no escribe, pero es un buen padre y un excelente hijo, no es un hermano cariñoso pero sabe amar y darse por entero si quiere a alguien, y a quien quiere es a su familia.
Mi madre es harina de otro costal.
Es fuerte y hermosa, es grande nuestra madre, su nombre, Susana. Sabe aguantarse, sabe luchar, sabe levantarse y querer a los suyos con un amor verdadero e inmenso. No conozco a nadie como ella, ni creo conocerlo nunca. Ella llora cuando el dolor se hace apenas soportable, pero seca estoicamente sus lágrimas y se levanta con más ánimos, se sacude la tierrita y nos regala su sonrisa que ilumina universos y corazones enteros. Nadie podrá negar que su presencia en el mundo es una luz necesaria... esas luces que no se apagan nunca aunque la vida perezca. Si pudiera describir a esa mujer en una sola palabra sería sólo y sin pensar: compasión.
Y no les cuento mentiras, si llegaran a conocerla sabrían de qué hablo y de inmediato me darían la razón. El corazón ve mejor si estás en su presencia, no necesitas ojos, no necesitas nada más que tu mejor sonrisa pues ella se encarga de otorgarte desinteresadamente el alivio que tu alma necesita y pide a gritos. Un momento infinito de paz.
Mi padre era alcohólico, murió de un infarto y no se sabe con certeza si tenía 65 ó 68 años cuando dejó de respirar. Todo esto porque su acta de nacimiento resultó quemada en un incendio que hubo en el hospital donde guardaban todos estos documentos.
Fue entonces que él, con una vanidad rara pero tiernísima, se redujo los años vividos. No sé bien por qué hizo eso, nunca lo sabré, pero me gusta pensar que fue porque su sentido del humor quería jugarnos una broma y de esa forma asegurarse de que nunca lo olvidaramos.
Ya lo veo riéndose amorosamente por ese acto de atrevimiento, tú nunca serás olvidado, porque fuiste un buen padre, fuiste a momentos, buen marido, fuiste excelente abuelo y enseñaste suficientes caracoles para que te recordáramos por mucho tiempo.
Yo soy Elena Blanco, mujer enamoradiza y entregada como pocas o quizá, y es lo más seguro, como nadie. Amo a mi familia por sobre todas las cosas, y me gusta reír y suspirar por un mal amor.
Me gusta leer y escribir todo lo que veo y sucede sin descanso en mi vida y mi corazón. Yo soy escritora ¿buena? ¿mala? eso no me importa, sé que no podría vivir sin mi pasión por la literatura y eso ha sido suficiente.
Tengo una obsesión por pulseras y collares como antes por las plumas.
Tengo 22 años y nunca he escrito nada que se haya publicado en diarios serios o amarillistas, pero mi momento está cerca y sabré reconocerlo para que no se escape, como se escapan irremediablemente las cosas importantes de la vida. Creo en los milagros y pese a todo creo en el amor. No me importa si el amor se esconde y juega a nunca dejar alcanzarse. Creo en Dios pero nunca en la religión que nos meten casi a la fuerza. Gente manipulable aquella que le besa la mano al sacerdote y se va a la cama habiendo rezado nueve aves marias con la esperanza de limpiar sus errores. Esos errores no los perdona Dios ni nadie. Los errores se pagan, siempre se pagan. Simplemente que a veces, damos gracias por la experiencia aprendida o maldecimos por las lágrimas derramadas. Dios no es malo, la maldad la creamos nosotros y nos aferramos tanto a ella que nos sentimos completos si hay alguien mejor que nosotros a quien podamos culpar y asi disminuir nuestro sufrimiento.
Me gusta leer y aprender de los libros, estoy considerando seriamente comer libros en vez de carne roja. No hace daño y nutre más.
Y quien quiera que lea esto, deseo que comprenda mis palabra, que comprenda mi silencio y lo valore tanto como mis risas.
Mi mano izquierda no me gusta, es fea porque nada en mi es increíblemente bello.
Tengo de mascota una perra y un corazón que a veces se cansa de latir. Mi perra lo sabe y lame mi mano cuando escucha romperse un pedazo previamente roto del mismo órgano palpitante.
Tengo sólo un amigo pero tengo el amor de mi madre y eso debe ser suficiente.
No ahora sino siempre. Ese amor no muere, ni su luz. Yo sabré encontrar un camino hacia ese gran cariño que tiene mi madre, ella es mi maestra y uno siempre aprende cuando tiene a alguien de ese calibre a tu lado, queriéndote y mostrando su apoyo en todo momentos. Esas cosas siempre se llevan en el corazón, así esté roto o no, siempre sabrá encontrar un cálido recibimiento de los brazos de la madre. Eso es lo único cierto en mi vida y a lo que me aferro, el amor de mi madre, la comparto a ella, con ustedes. Que su amor te llene, te envuelva, que te proteja de todas las lágrimas y dolores. Esta mujer no sabe fallar. Ella no se lo permite, y si le abres tu corazón, tampoco permitirá que te dañe nunca nada.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario